Hoy he ido a una parroquia, un templo diferente a todos los que conozco. Allí no existen los retablos de pan de oro, ni los santos repletos de abalorios. Un cristo crucificado, un mural y unos bancos es toda su decoración. Nadie pide limosna en la puerta porque los que entran son más pobres aun. A Entrevías acuden los que buscan trabajo, los traperos que recogen juguetes y hasta una madre que busca desesperada un techo para su familia. Juan, el pequeño de todos hasta que nazca su nueva hermana, sonríe con la cara sucia y los pantalones rotos. A sus dos años no parece enterarse de que su madre vaga con la casa a cuestas; el carrito del niño y una bolsa llena de ropa es todo lo que tiene. Su única esperanza es que Javier Baeza le ayude a conseguir un hogar. El alma de la parroquia está ahí para todos, incluso para alzar la voz y arremeter contra aquellos que cometen tantas injusticias. San Carlos Borromeo no es una Iglesia más; es el ejemplo que debe seguir la Iglesia.
Etiquetas: Iglesia, San Carlos Borromeo

Febrero 4, 2009 a las 11:09 am |
Si es que existe una Iglesia de verdad, es esta. Y creo que es una iglesia así, con minúsculas.